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Lic.Michael Vazquez Montes de Oca

sábado, 13 de agosto de 2016

Una vida de película

LECTURA DOMINGO 11 DE JULIO DE 2010 09 juventud rebelde
por CIRO BIANCHI ROSS
ciro@juventudrebelde.cu
NO es mucho lo que se conoce sobre Carlos
Aponte. Posiblemente sea más lo que
se ignora acerca de su vida que lo que se
sabe. Su nombre se vincula a tres países
de nuestra América: Venezuela, donde
nació; Nicaragua, donde peleó al lado de
Augusto César Sandino y alcanzó el grado
de teniente coronel en su pequeño ejército
loco; y Cuba, donde transcurrió parte de su
vida política y murió en combate junto al
revolucionario Antonio Guiteras. Aponte se
lo había dicho a Guiteras: «Usted y yo
vamos a morir enzapatados».
Tony Guiteras se destacó en la lucha contra
la dictadura de Gerardo Machado (1925-
1933). Siguió a su derrocamiento el breve
Gobierno de Carlos Manuel de Céspedes
impuesto por el embajador norteamericano
en La Habana. Un golpe de Estado encabezado
por el sargento Fulgencio Batista defenestra
a Céspedes el 4 de septiembre de
1933. La revolución parece haber llegado al
poder y Ramón Grau San Martín encabeza el
llamado Gobierno de los Cien Días, que tiene
en Guiteras a su secretario (ministro) de
Gobernación.
No transige con Grau el ya coronel Batista
y el Gobierno de Washington se niega a
reconocerlo. Batista obliga a renunciar a Grau
y el ex ministro, en la clandestinidad, funda
la organización revolucionaria Joven Cuba.
Es entonces que, en un mensaje que de su
puño y letra le hace llegar a los Estados Unidos,
Guiteras invita a Aponte a insertarse
en la revolución contra las bayonetas batistianas.
Acepta el venezolano la invitación
fraternal y vuelve a La Habana pese a tener
cuentas pendientes con la Policía. Desde
entonces caminan juntos el jefe de Joven
Cuba y el venezolano.
Ahoga Batista la huelga de marzo de
1935 y pone precio a la cabeza de Guiteras.
Intenta este salir de Cuba por la costa norte
de la provincia de Matanzas. Quiere trasladarse
a México, donde organizaría una
expedición para reiniciar la lucha armada en
la Isla. Víctima de la delación de oficiales de
la Marina de Guerra, en los que había confiado,
muere, junto a Carlos Aponte, cuando
intentaban evadir el cerco que les tendió el
Ejército. Bajo estrecha vigilancia policial, de
noche y sin flores, los cuerpos de ambos
revolucionarios fueron enterrados en la misma
fosa. La hermana de Guiteras pagó 26
pesos por los modestísimos ataúdes.
PRIMEROS PASOS
Carlos Aponte Hernández nació el 2 de
noviembre de 1900 en la parroquia de La
Pastora. En ese barrio caraqueño se habían
instalado sus padres, don Manuel, abogado,
y doña Socorro, hermana del general Melesio
Hernández, uno de los espadones del dictador
venezolano Juan Vicente Gómez, apodado
Juan Bisonte. Era una familia de clase
media que gozó de relativa holgura hasta que
don Manuel falleció a los 50 años de edad.
Carlos tenía entonces solo seis años.
Reconstruir paso a paso la vida de Carlos
Aponte quizá no sea ya del todo posible. Quedan,
aquí o allá, pequeños recuerdos, breves
testimonios de los que lo conocieron y trataron.
Doña Socorro, ya muerto el hijo, solía
venir a Cuba y reunirse con sus amigos cercanos.
Todo lo que podía hacer era eso: recordar
con unción de madre la vida fértil del hijo.
Se sabe que desde temprano se le despertó
la inquietud política. Quería hacer algo
contra Juan Bisonte y era casi un adolescente
cuando asaltó un puesto policial a fin
de allegar algunas armas para la lucha. No
tuvo suerte en el intento.
Elías, un hermano de Carlos, se había
alzado contra Juan Vicente Gómez en la
llamada Guerra de los Llanos, que comandaba
el general Arévalo Cedeño. Un buen
día Carlos se le apareció a Elías en el campamento
de Anzoátegui con la intención
de incorporarse a la tropa rebelde. Era
muy joven; tenía solo 17 años, y el hermano
no permitió que lo acompañara.
Fracasa la tentativa de Arévalo Cedeño y
el tío materno de los Aponte consigue una
amnistía para Elías. Enrolado como marinero,
saldría en el barco Bienvenida con destino
a La Habana. Es entonces que Carlos tiene
un altercado con un alto funcionario del
Gobierno, un incidente tan grave que Elías
decide que sea él quien embarque para
Cuba. Así lo hizo. Corría el año de 1924.
LA CUEVA ROJA
El doctor Gustavo Aldereguía, un médico
bien establecido —tisiólogo— y activo militante
de la izquierda, da empleo a Carlos
Aponte en su consulta privada. Tiene el
especialista estrechas relaciones con los
exiliados venezolanos Salvador de la Plaza
y los hermanos Machado. No tarda Aponte
en reunirse con ellos y con otros emigrados
de Centro y Sudamérica, como el poeta
colombiano Porfirio Barba Jacob, y no pocos
militantes apristas, la tendencia del peruano
Víctor Raúl Haya de la Torre. El punto de
encuentro es un caserón de la calle Empedrado,
en la parte vieja de la ciudad, al que
llaman la Cueva Roja, donde se edita la
revista Venezuela Libre. A la Cueva acuden
también los cubanos Rubén Martínez Villena
y Julio Antonio Mella. Asiste asimismo el
periodista venezolano Francis Laguado Jayme,
sobrino de Juan Bisonte y su incansable
opositor. Es a petición expresa del dictador
venezolano que Machado ordena la
eliminación del combativo periodista
mediante una práctica que el tiempo convertiría
en habitual: lo arrojan a los tiburones
desde el castillo del Morro.
CON SANDINO
De cualquier manera, los días de Aponte
en La Habana estaban contados. Está de
paso en la ciudad el diplosmático venezolano
Ballenilla Lanz, que con su libro Cesarismo
democrático, donde explaya su teoría
sobre «el gendarme necesario», ha hecho
un triste servicio a Juan Vicente Gómez, y
Aponte lo espera en los portales del hotel
Sevilla para cruzarle el rostro a cintarazos.
Lo busca la Policía por ese incidente y
debe huir a México. Pasa después a Estados
Unidos y enseguida a Curazao y a Trinidad en
planes insurreccionales para Venezuela que
frustra la ambición del general Urbina. De
nuevo en México se entusiasma con la causa
de Sandino, alzado en Las Segovias.
Hace contactos con el Comité Manos Fuera
de Nicaragua y llega hasta el campamento
del jefe rebelde. Cuando finaliza la lucha en
las montañas, vuelve Aponte a los Estados
Unidos, donde recibe el mensaje de Guiteras.
Ya en La Habana se encuentra cara a
cara con Urbina en los portales del hotel
Saratoga. Aponte no vacila y le dispara,
hiriéndole de gravedad. Pero la agresión es
ripostada y recibe a su vez un balazo en una
pierna. Lo detiene la Policía, que debe internarlo
en un hospital. Esa misma noche, un
grupo de revolucionarios lo rescata de su
lecho de herido y lo pone en un barco que
zarpa hacia los Estados Unidos. Aponte,
que quiere quedar bien con Guiteras, regresa
y vuelve a dejarse ver en La Habana.
¡NOS MORIMOS!
Asegura Newton Briones Montoro, en su
libro Aquella decisión callada, que Tony Guiteras
supo escoger muy bien al grupo que lo
acompañaría a México. Tomó en cuenta el
peligro que esos hombres y mujeres correrían
si quedaban en Cuba. Todos habían probado
su entereza en la lucha. Aponte sería
además uno de los jefes de la expedición
que pensaba traer desde México.
Esperaba el grupo en el abandonado
fortín de El Morrillo el barco que los conduciría
a tierra mexicana cuando tuvieron
indicios ciertos de haber sido delatados, y
ya ante la inminente presencia enemiga,
Guiteras ordenó a sus hombres que de
dos en dos se internaran en la manigua. El
primer tiroteo los dispersó. Juan Antonio
Casariego abrió fuego con una ametralladora,
pero fue herido, y Guiteras y Aponte,
junto con Paulino Pérez Blanco y Rafael
Crespo avanzaron hasta encontrarse con
un anciano pescador a quien Aponte pidió
ayuda para que los sacara del lugar. Se
disponía el pescador a cumplir el pedido
cuando Paulino advirtió de la cercanía de
los soldados.
—¡Ahí están y los voy a parar! —gritó.
Los soldados respondieron y Paulino continuó
disparando con la esperanza de que
sus compañeros pudieran huir. Pero cada
vez se estrechaba más el cerco.
Escribe Briones Montoto que a tres
metros del lugar donde se hallaban Guiteras
y Aponte hay un jagüey y, un poco más adelante,
un almácigo. Caobillas, bejucos y zarzales
copan el paraje. Luego de un pequeño
declive hay una cañada seca. Guiteras y
Aponte se situaron en lo alto de una de las
márgenes de la pequeña quebrada.
—Compay, antes de rendirnos nos morimos
—dijo Aponte a Guiteras.
—¡Nos morimos! —respondió Guiteras
y, casi enseguida, un balazo le rompió el
corazón.
Aponte y Paulino siguieron combatiendo.
Logró el venezolano herir de muerte al
cabo Man, y las balas alcanzaron también
al cabo Eugenio Trujillo y al soldado Ruano
González. Prosiguió el combate hasta que
un disparo hizo blanco en el cuerpo de Carlos
Aponte, que cayó de rodillas y pidió a su
compañero que lo matara para que el Ejército
no lo capturara vivo. Eran las 7:15 de
la mañana del 8 de mayo de 1935. Paulino
no pudo romper el cerco. A las 8:30,
salvo tres que lograron escapar, los integrantes
del grupo de El Morrillo estaban
muertos o detenidos. Uno de ellos identificó
los cadáveres de Guiteras y Aponte. Los
forenses certificaron que Tony presentaba
una herida de ametralladora en el pecho, y
que Aponte había sido tocado en el pecho
y presentaba además una herida en la
cabeza.
Condujeron los cuerpos a la morgue de
Matanzas, en el mismo cementerio de la
ciudad. Doce soldados custodiaban los
cadáveres. El coronel Batista no quería velorio
ni flores. Llegaron la madre, la hermana
y la novia de Guiteras, que hicieron el viaje
desde La Habana. Ninguna lloraba, aunque
apenas podían ocultar su desesperación.
Tuvieron que imponerse para que las dejaran
entrar. Sobre una mesa de mármol yacían
los cuerpos de los dos combatientes. En la
tumba de la rama matancera de la familia
Guiteras, los enterradores bajaron primero
la caja con los restos de Aponte y luego, el
ataúd de Tony.
Una vida
de película

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